Boletín manos abiertas

LLAMADOS A LA SANTIDAD
 
“Los santos manifiestan de diversos modos la presencia poderosa y transformadora del Resucitado; han dejado que Cristo aferrara tan plenamente su vida que podían afirmar como san Pablo: «Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí» (Ga 2, 20)”3. La santidad es, ante todo, don del Espíritu, regalo de Dios, motivo de gratitud y esperanza. El Año de la Santidad es un tiempo del Espíritu para la Orden, un tiempo de gracia para toda la Familia agustino-recoleta, y una gran oportunidad para cada uno de nosotros. El Señor te llama a ti, sea cual sea tu edad y tu situación concreta, con salud o enfermedad, religioso o laico; te llama a ser santo, a abrir el corazón a sus dones y a no quedarte en la mediocridad y en la desidia que corroe el corazón y paraliza el apostolado. Te llama a vivir la alegría del Evangelio y a contagiarla con esperanza.
 
El Padre nos invita a formar parte de su Pueblo santo. El "camino" es Cristo, el Hijo, el Santo de Dios: nadie puede llegar al Padre sino por él4. Todos nosotros estamos llamados a seguir a Jesús, a encontrarnos con él y a estar unidos a él. La santidad es vivir plenamente la fe y el amor. “La plenitud de la vida cristiana no consiste en realizar empresas extraordinarias, sino en unirse a Cristo, en vivir sus misterios, en hacer nuestras sus actitudes, sus pensamientos, sus comportamientos”5.
 
La santidad no se mide por el éxito sino por el amor; es dejarse moldear por el Espíritu y hacer nuestros los sentimientos de Cristo. Todos los que siguen a Jesús están llamados a la santidad: “Así como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir, porque escrito está: Sed santos porque yo soy santo”6. La santidad, como indica san Pablo, es «caminar según el Espíritu»7.
 
“El cristiano, de hecho, ya es santo –decía Benedicto XVI–, pues el Bautismo le une a Jesús y a su misterio pascual; sin embargo, al mismo tiempo tiene que llegar a ser santo, conformándose con Él cada vez más íntimamente. A veces se piensa que la santidad es un privilegio reservado a unos pocos elegidos. En realidad, llegar a ser santo es la tarea de todo cristiano; más aún, podríamos decir, de todo hombre”8. También nosotros tendremos que preguntarnos: ¿Qué me pide hoy a mí el Señor? ¿Estoy dispuesto a que el Espíritu transforme mi vida? No nos valen las respuestas teóricas, sino aquellas que brotan del fondo de nuestro ser.
 
El Señor nos llama a una conversión personal, comunitaria y pastoral; a una santidad hecha de oración, vida fraterna y misión. La santidad no es intimismo ni apariencia. Sabemos muy bien que, si nuestro apostolado no parte del encuentro con Jesús, y nuestras palabras y nuestro servicio no brotan de un corazón orante, nos quedamos en el activismo y no damos los frutos que vienen del Espíritu de Dios. El Espíritu actúa en las personas y en las comunidades, las hace capaces de dar el salto: del vivir para mí al vivir para los demás.
 
El Espíritu de Cristo nos impulsa hacia un dinamismo, que es gracia y que suscita la inquietud de seguir a Jesús con más sencillez, más disponibilidad, más fraternidad, más sacrificio y más alegría. En la Regla san Agustín nos habla de la belleza espiritual, de anteponer lo común a lo propio, de una mirada casta, de que es mejor necesitar poco que tener mucho, y de la obediencia como un servicio de caridad. La Orden entera tiene la misión de proclamar el Evangelio, y lo hace aportando la vivencia del carisma con espíritu misionero.
 
Fray Miguel Miró Miró
Prior General O.A.R.
 
1 Cf. Jn 20, 21.22.
2 Cf. Hch 2, 4.
3 BENEDICTO XVI, Audiencia. 13 de abril, 2011.
4 Cf. Jn 14, 6.
5 BENEDICTO XVI, Audiencia. 13 de abril, 2011.
6 1Pe 1,15-16.
7 Ga 5, 16.25.
8 BENEDICTO XVI, Angelus. 1 de noviembre. 2007.